Las Gladiadoras debutaron en la Copa de Verano y, a lo largo del partido, la cinta de capitana fue para Ruffini, Cruz y Ojeda.
La ausencia de Laurina Oliveros en el partido del domingo, producto de una lesión, abrió una escena poco habitual pero profundamente representativa del espíritu del plantel: la cinta de capitana pasó de mano en mano, sin estridencias y con una naturalidad que habla de un grupo sólido, maduro y comprometido.
Con Lauchi fuera del once inicial, fue Lola Ruffini quien encabezó la salida al campo. La juvenil, que viene consolidándose con personalidad y regularidad, asumió el rol con serenidad y responsabilidad. Su presencia con la cinta no solo reflejó confianza del cuerpo técnico, sino también el reconocimiento de sus compañeras.

Más tarde, cuando el partido lo pidió, la cinta pasó a Julieta Cruz, una de las referentes silenciosas del equipo. La Mendo Cruz, con su habitual templanza, tomó el liderazgo dentro de la cancha como si fuera un gesto cotidiano. Y cuando ingresó Andrea Ojeda, la historia viva del fútbol femenino de Boca, Cruz no dudó en cedérsela. Fue un momento breve, pero cargado de significado: respeto por la trayectoria, por la camiseta y por quienes construyeron el camino.

En un año en el que todavía no está confirmado quién llevará la cinta de manera permanente, lo ocurrido el domingo dejó una imagen clara: más allá de los nombres, el liderazgo en Boca es colectivo. La cinta es un símbolo, sí, pero también es un puente entre generaciones, estilos y recorridos distintos que conviven con un mismo objetivo.
Mientras Laurina se recupera, el equipo demuestra que la identidad xeneize no depende de una sola voz. Se construye entre todas, en cada gesto de compañerismo, en cada responsabilidad asumida y en cada mano que sostiene la cinta para seguir empujando hacia adelante.
En Boca, la capitanía no se disputa: se comparte.


