Las Gladiadoras dieron vuelta un resultado adverso ante Banfield y se trajeron tres puntos valiosos del Sur.
Boca consiguió un triunfo importante en su visita a Banfield. El 2-1 como visitante le permite sumar tres puntos valiosos, tomar aire en la tabla y llegar al próximo compromiso ante River con otro semblante desde el resultado.
El arranque fue cuesta arriba. Banfield golpeó rápido después de un error grosero que dejó a Barroso mano a mano con Laurina Oliveros. La delantera definió y puso el 1-0 cuando el partido apenas empezaba. Ese gol condicionó el desarrollo y dejó a la vista la fragilidad de un Boca que, durante los primeros minutos, la pasó realmente mal.
En el primer cuarto de hora, el equipo no conectó. Se mostró estático, sin movilidad para ofrecer líneas de pase y con demasiadas futbolistas lejos de la jugada. Recién cerca de los 24 minutos apareció una acción asociada, aunque sin resolución. Hasta entonces, Boca apenas había tenido aproximaciones y, al llegar a los 40 minutos, todavía no había rematado al arco. Banfield, mientras tanto, ganaba duelos, atacaba con más claridad y encontraba ventajas con demasiada facilidad.
El problema no fue solo ofensivo. Boca sufrió mucho en el fondo y en la mitad de la cancha. Camila Baccaro y Luzmila Ramírez quedaron varias veces expuestas en velocidad, y el equipo se partió con facilidad. Banfield encontró espacios, perdonó más de una vez y dejó con vida a un Boca que, durante ese primer tiempo, pareció más una suma de individualidades que un equipo. Las futbolistas no lograban entenderse, algunas se corrían de sus zonas naturales y otras quedaban demasiado lejos para sostener la estructura.
Lo llamativo fue que el segundo tiempo comenzó sin cambios. El equipo necesitaba otra energía, otra lectura y otras herramientas, pero la respuesta inicial fue insistir con lo mismo. Apenas empezado el complemento, Kishi Núñez llegó a convertir, aunque la jugada fue anulada por posición adelantada. La sensación, de todos modos, seguía siendo similar: Boca estaba entregado en el fondo y en el medio, y dependía demasiado de alguna aparición aislada.
El quiebre llegó a los 7 minutos del segundo tiempo, cuando Sarmiento fue expulsada por una dura infracción sobre Julieta Cruz. A partir de ahí, Banfield se replegó y el partido cambió de escenario. Boca empezó a tener más campo, más pelota y más tiempo para atacar, aunque eso no significó automáticamente jugar mejor. La superioridad numérica le dio una oportunidad que hasta ese momento no había construido por mérito propio.
Y en ese contexto apareció Lola Ruffini. Con un golazo casi fuera de contexto, la volante marcó el empate y volvió a demostrar que, aun en partidos incómodos y desordenados, tiene recursos para sostener al equipo desde la calidad individual. El 1-1 abrió otra historia: Boca tenía más de media hora para dar vuelta un partido que parecía cuesta arriba y que Banfield no había sabido liquidar.
Después llegaron los cambios, y ahí Florencia Quiñones acertó. Los ingresos de Carolina Troncoso, Tesio, Andrea Ojeda y Bianca Recanati le dieron al equipo otro aire, más presencia en campo rival y mejores decisiones en los metros finales. Troncoso entró con una energía distinta: en su primera intervención ya mostró otra intención con un buen pase, luego probó al arco con un remate que se fue por arriba y más tarde tuvo una chance clara de cabeza. Su ingreso volvió a marcar una diferencia en la dinámica ofensiva.
Con Ojeda en cancha, Boca terminó con una delantera mucho más lógica y pesada. Kishi Núñez, Troncoso y Ojeda conforman, por características una de las mejores combinaciones ofensivas que puede presentar el equipo. Boca jugó bien con ellas y tuvo más presencia, más amenaza y más capacidad para incomodar a Banfield. La diferencia fue evidente en la postura y en la sensación de peligro.
A los 41 minutos del segundo tiempo llegó el 2-1. Ana Ramírez apareció para convertir y sellar una remontada que vale muchísimo desde lo numérico, pero que no debería confundir el análisis. Boca ganó porque supo aprovechar los errores de Banfield y porque el rival, además de no capitalizar sus momentos favorables, quedó condicionado por la expulsión de Sarmiento. El triunfo puede discutirse desde el merecimiento, pero no desde la eficacia: cuando tuvo la chance, Boca la tomó.
La victoria sirve, claro. El equipo necesitaba ganar y lo hizo en una cancha difícil, ante un rival que llegaba como puntero y que durante buena parte del partido lo superó. Pero no todos los encuentros van a ofrecer una ventaja como jugar más de media hora con una futbolista de más. Tampoco todos los rivales van a perdonar tanto cuando encuentren a Boca largo, desconectado y mal parado.
Por eso, más allá del resultado, el partido también dejó una señal clara. Quiñones acertó con los cambios y ese debe ser el camino de ahora en adelante. Boca necesita sostener desde el inicio lo que encontró en el tramo final: más dinámica, más agresividad, mayor peso ofensivo y futbolistas capaces de cambiar el ritmo del partido. No puede esperar siempre a que el desarrollo se complique para juntar a las jugadoras que pueden marcar diferencias.
Las Gladiadoras se fueron de Banfield con tres puntos importantes y con la tranquilidad de haber reaccionado, pero también con mucho por corregir. La actuación volvió a mostrar problemas estructurales: poca conexión entre líneas, debilidad en los duelos, errores defensivos y un equipo que todavía necesita consolidar una idea. Aun así, el cierre del partido marcó un rumbo posible.
Ahora espera River. Y para un clásico no alcanza solo con el resultado. Si quiere sostenerse y competir de verdad, necesita transformar esa reacción final en una propuesta desde el arranque. Necesita funcionar como equipo.
Actualización del 5 de mayo: el encuentro contra River se postergó y no tiene fecha confirmada.
Foto que ilustra la nota: prensa oficial de Banfield


